jueves, 29 de octubre de 2015

XXV: LAURELES Y UN ALTAR

Sigo arrastrándome cual serpiente, intentando llegar a la cima de lo omnisciente. Mis pies, pisando un mundo que odio. Desangrándome, grito en silencio, mis labios, besan afónicos, mis pies, agónicos. Inconsciente. Metafórico, perdido en lo alegórico, rociado con ácido cítrico de una naranja en vilo. Ahogado en lo irónico, en mareas de sangre que caen por esta escalera de mármol donde ya no sale el sol. 
Nadando en impureza, buscando esa belleza, esa máxima pureza, escondida tras lo corporal, superficial. Rompiendo mi piel y huesos por ese pedestal, pisando los restos de gloria de Roma, olvidados en un barrizal. Buscando lo divino, inmortal, entre cadáveres de seres que fueron más que un cuerpo mortal, alguna vez, quizás.
Crucificadme, laureles y un altar. Yo no voy a resucitar.

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