Miedo, miedo de volver a la
oscura y fría soledad. Al más injusto y lejano de los exilios. Al empacho de
libertad .A indicios, indicios de que te vas alejando, poco a poco entre la
suciedad. Desarrollé alergia al polvo, sin sensibilidad. Al amor, sin
responsabilidad. Al irse, sin avisar. Dejé de buscar labios nuevos que besar,
caderas que agarrar u ojos que admirar, y empecé a buscarme a mí. Perdido en un
laberinto de telarañas en las que caí, entre murallas que yo mismo construí. Y
que tú misma derrumbaste, con palabras cortantes como cuchillos. De repente
olvidaste lo que dijimos, lo poco, pero intenso, que vivimos. Quizás fuese
miedo. Seguramente lo fuera. Aquí nadie se libra de estar acojonado, tranquila.
A mí ya no me valen los tequilas, ni tus besos ni mis mentiras. Porque me
miento cada noche, y a veces llego a creerme que no me importas. Pero se
desvanece a la mañana siguiente, como tus ganas de besarme. Como tu actitud,
distante, para buscarme al día siguiente. Pedirme ese beso y huir, conseguirlo
y aburrirte. O acojonarte. No lo sé, sinceramente. Lo que sé es que es un ir y
venir intermitente, reincidente, infinito y persistente. Y no te das cuenta,
pero los columpios necesitan engrasarse, porque tarde o temprano esto empezará
a chirriar. Hasta oxidarse, romperse y derrumbarse. Y no sé, es divertido
sentir el aire en la cara y esa adrenalina, pero nada es para siempre. Y no
quiero seguir tentando a la suerte, porque ya tuve bastante con verte. Y, sé
que suena desesperado pero, aunque no te tenga, no quiero perderte.
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