jueves, 15 de octubre de 2015

XIV: NARANJAS COMO PIEDRAS


Ya deje de intentar exprimir nada. La naranja resultó ser una piedra y, seguidamente, todo se fue a la mierda. Cuando yo miro a la derecha tú miras a la izquierda, como si nada hubiese pasado, tirando de la cuerda que rodea mi cuello y me aprieta. Ahora toca ponerse a dieta. A dieta de tus besos, caricias y tretas. De tus mentiras y tus caretas, de tus tetas. De esas veces en que cuando me lees, en vez de entenderme, me retas, con palabras cortantes como bayonetas. Me abstengo de bajar braguetas, de esquivar peinetas, de tus coletas. Lo siento pero yo me voy sin maletas. Si te vas, llévatelo todo, no quiero nada. Marchitaste mis piruletas. Lo único que necesito ahora son recetas, del médico de cabecera, que me seden y deshielen, porque me has dejado frío. Me marearon tus volteretas, tus miradas indiscretas, tus acrobacias como las de las avionetas. Un día arriba, al siguiente debajo. De ti. La inestabilidad me destroza por dentro y me sabe a desencuentro, a comida de perros como único alimento. Te dedico este último aliento que exhalo por seguir pretendiéndote. Lo difícil será no seguir queriéndote. Supongo que me confundí de puzle, y ahora toca rebuscar en la basura, con este poema que clausura nuestra andadura. Sin caminante no hay camino, y ojalá algún día vuelvas a tomarlo y pises donde piso, porque siempre te quedaste en el principio. Que lo pisado está pisado y es participio. No hay vuelta atrás, pero el daño fue crítico. Y la herida, rociada con cítrico. Del zumo de esa naranja que reventaste contra el vidrio en mi pecho, tóxico.

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