Y aquí estoy, queriendo dejarme llevar, queriendo llevarte a
mí castillo de algodón, donde seamos uno
y no dos. Pero a la vez no quiero asfixiarte como si de una calurosa noche de
agosto se tratase. Quiero dártelo todo, pero la razón con su experiencia niega,
enfadada, gritándome que pare, que no vuelva a cometer el mismo error. Que no
quiere otro triste verano vagando por labios que nunca quise besar. El corazón
a su vez, asiente enérgico. Me susurra suave con ese aire de sensualidad que te
bese, que te desvista en medio de cualquier sitio, que te escriba poemas hasta hacerte
llorar de emoción. Y que te los de todos a la vez. Que te toque sin tocarte,
que te eche de menos sin que te hayas ido, que le rece a Cupido. Te aseguro que
tus “adiós” suenan como un disparo, que tus labios los siento sin besarlos, y
que tu piel la noto sin tocarla. Que me siento en mi cama y veo tu fantasma
desvistiéndome con esa fuerza que quema, y puedo sentir el fuego sin necesidad
de gasolina. Y a la vez estoy acojonado, acojonado de que será de mí cuando me
olvides, cuando tus labios dejen de besarme y mis lágrimas ya no puedan caer en
tu regazo. Sé que soy idiota por pensar siempre en lo más triste, pero soy un
intento de poeta, ya lo sabes. Y sé que voy a aprender mucho contigo. Pero
entiende que tenga miedo. Entiende que no sea tan fuerte como tú, ni tan guapo,
ni tan bueno, ni tan todo. Porque eres tanto… Lo siento, siento ser débil y
pensar en un accidente que no sé si ocurrirá. Prometo no volver a pensar en
esto, pero tenía que escribírtelo, tengo esa necesidad de dejártelo por escrito
aunque ya te lo haya contado, por si alguna vez, rebuscando en tus cajones,
encuentras esto y al recordar estos momentos te salta una lágrima que alguna
vez, al evaporarse, se encuentre con las mías en el cielo gris de esta pequeña
ciudad donde guardamos tantos recuerdos, estemos los dos o solo uno de nosotros
en ellos.
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