No quiero tenerte, ni quiero que me tengas, quiero que nos
tengamos, y que el tiempo que estemos juntos lo exprimamos como si de una
naranja se tratase. No quiero echarte de menos,
ni de menos ni de más. No quiero que me necesites, ni que te necesite, quiero
que nos necesitemos. Que estemos ahí cuando haya que estar, pero no siempre,
porque siempre es mucho tiempo. Demasiado tiempo. Pienso darte todo mi tiempo,
pero nunca un siempre. La infinidad es sinónimo de esclavitud. Y hablando de
esclavos, pienso atarte de pies y manos, besar cada milímetro de tu cuerpo
hasta el corazón, pero no pienso atarte a mí. Porque no quiero que nos atemos,
quiero que seamos uno, sin lazos. Llévame a donde las manos hablan, donde los
labios arden y donde la ropa sobra. Pero no me grites, no me quemes y no me dejes
pasar frío. Y que si me gritas sea de placer. Y que si me quemas sea en tu
infierno de pasión. Y que si me provocas frio, si tiemblo, que sea porque tus
citereos dedos me han rozado. Nunca me dejes a solas en la algente nieve, pero
no me acompañes para siempre, porque siempre es mucho tiempo.
Aunque junto a ti se pase volando.
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