jueves, 10 de diciembre de 2015

XLIX: SIN NADA

Sin una de tus notas imprevisibles -sin tildes, pero contigo me dan igual las faltas de ortografía-, sin un discurso improvisado, sin un adiós poco preparado. Sin un último beso. Solo sé que apareciste con otro, pero que más da eso. Y que más da lo que pensara. Y que más darán mis emociones. Qué las de los demás. Sin cerrar la puerta. Y asomando esos ojos color café que no me dejan cerrar los míos, a ratos, a ratitos. -Tampoco me molesté en cerrarla. No quiero, no puedo dejar de mirarte. Tampoco queda nada tras ella, todo te lo llevaste.- Te fuiste.

No me hace falta tomar café contigo, sólo duermo un ratito. Ni agarrarme a tu brazo y cerrar los ojos como si estuviese dormido. Ni leer los poemas que has leído -sí, es fácil verme llorar-. Ni despeinarme con el viento en Miramar y estar más preocupado de que esté bien que de andar. Ni verte bailar y pensar en lo mal que lo hago yo. Ni que leas esto, sé que te importa un comino. Sé que nunca fui algo más que una molestia en tu camino. Sé que no aspiras a lo que aspiro. Sé que nuestro último beso no fue compartido. Y también sé que seguramente solo yo me acuerde de todo esto no mucho antes de que el sol haya salido. Sé que no lo has vivido como yo lo he vivido. Pero no pasa nada, nadie lo hace. Nunca he sentido que nadie me necesite más de lo que lo he necesitado yo. Tampoco que me hayan querido. No más de lo que yo he hecho. Nunca fue recíproco, no del todo. También que quizás me conforme con que me quieran a ratos, un poco. Ni que te vuelva a iluminar ese foco mientras sonríes y me vuelvas loco, no, tampoco. No necesito otra noche en un bus, ni que intercambiemos sudaderas, ni que te rías de mi peine escondido en la cartera. No necesito que intentes alejarme de mi soledad -sé que soy destructivo conmigo mismo-, ni que te enfades por algunas cosas que te digo, tampoco tenían mucho sentido. Ni que te des la vuelta justo en el momento perfecto antes de irte por esa puerta y me sienta como Arquímedes en su bañera. Al igual que no necesito verte para delirar y sonreír mirando a la nada.

No necesito ni una sola palabra. Solo una mirada prolongada -como solíamos- y un beso inesperado para decirte todo lo que he sentido. Mi cama desecha y tu pelo un remolino. Todo lo que te he echado de menos desde que te has ido. Todo lo que significas y has sido. Sé todo lo que he escrito, no es poco, y sé que seguramente esto ahora mismo no tenga sentido. Lo que no sé es si lo habrás leído. Y sé, sé, que todo esto solo fue un sueño del que nunca despierto. Que la realidad es un yermo y que para ti probablemente te parezca como volver del mundo de los muertos. Pero mi puerta siempre estuvo abierta por si algún día te daba por darte la vuelta, por muy poco estratégico que parezca. Las paredes que construí son de plástico. No me queda nada que perder, y sabía desde el primer día que sería el perdedor de esta guerra. Así que me aseguré de recordar cada pequeño momento y guardarlo en mi búnker, como si fuera a ser el último. Y aquí sigo, alumbrado apenas por una vela que se ha derretido, intentando hacer de aquellas noches algo infinito, de tus notas de papel aviones fortuitos y de tus besos una película que siempre repito.

Sé que eres un huracán, pero es que me gustan los desastres, como los que hay en mis estantes. Dime que fuimos uno, aunque sea por un instante. 


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