A veces me siento tanto y otras tan poco. Sé que mi actitud probablemente sea o al menos haya sido chulesca y deplorable la mayor parte del tiempo, pero no es que me tenga mucho aprecio. Quizás por eso, porque me odio a mí mismo, acabo siempre igual, sin nadie que se preocupe por mí. Quizás sea demasiado exigente conmigo mismo, e igual con los demás. Seguramente. Y siempre aparece ese alguien, como caído del cielo, pero nunca para quedarse. Quizás sea que nunca me preocupo por mí, y estoy siempre esperando que lo hagan los demás. Y no cualquiera, además. Pero que voy a hacer. Odio mi cabeza. Odio mi manera de pensar. Mis obsesiones. Mis sentimientos, exhuberantes, y yo intentando ahogarlos en cerveza. Pero saben nadar.
Viven en mi interior, y no los puedo matar. Y eso es mucho peor que odiar el exterior, porque eso se puede cambiar. Y sino dímelo a mí. Seguramente también sea por eso que nadie me quiera por más que eso, un calentón. O yo que sé, ni siquiera sé qué pensar. Es asqueroso ser tan perfeccionista. Y cuesta tanto crear uno como destruirlo. No quiero más enemigos en mi lista. Ni más besos como repisa, porque cuando los pierdes se te cae el mundo encima. ¿Pero entonces qué hago? Dímelo. Nunca le he encontrado sentido a esta vida aparte de en mi cama desecha y alguna que otra ajena cuando se suponía que era una cena. O en un parque con alguna que otra sirena. Y todo sólo mientras duró, una pena. Como un orgasmo. Como esa escena, que pasa y no puedes volver a verla. No con los mismos ojos. Puedes repetirla, volver a ver la película, pero está condenada a ser distinta. Así que por favor, quema esta cinta. No soy lo suficientemente fuerte como para acabar con cosas que fueron -quizás sólo en mi mente- pero ya están obsoletas, extintas. Y cuando lo hago, lo hago mal y con prisas. Lo odio. Me odio. Me quemo con ellas. Ayúdame a salir de este abismo, ayúdame a respirar sin que después vuelvan las réplicas de aquel seísmo.