domingo, 24 de noviembre de 2019

1 de diciembre,

Creo tener la certeza de que han pasado dos años, dos, desde la primera vez que te vi. Hablo de creencias, no por capricho, ni a modo de decorar mis palabras, sino porque no me es fácil asimilar que ya hayan pasado setecientos veinte días desde aquel primero de diciembre. Ni que sólo hayan pasado veinticuatro meses. Ninguna de las dos opciones me resulta razonable. 

Y es que han pasado tantas cosas, y a su vez, parecen tan pocas, que no sé cuál adverbio utilizar. Al igual que tal día, lluvioso y frío, me resulta tan lejano como Nueva York y tan cercano como tu voz, al mismo tiempo.

Allí estabas, quizás con cierto auxilio del azar, en la esquina de Garibai con Andia. Recuerdo siempre, quizás en base a una cierta hipérbole, la necesidad de recorrer un trazado infinito con la mirada para llegar a tu rostro. Lo rememoró también, e invariablemente desde entonces, decorado por un largo y brillante cabello negro que caía por tus sienes, hasta reposar amablemente en tus hombros. Ello rematado con tus labios, rojos, delineados a la perfección. 

Y allí estaba, quizás desconocedor de lo que desencadenaría todo aquello, engalonado por la lluvia, el afán, incesable, incesable y temerario. De rozarla, de rozarlos. Es menester y por lo tanto conviene destacar, aquí, que las ganas emanadas de aquello no precisan de recordatorio. 

Qué lejos te encontraba. Como aquel que admiraba una fulgurante estrella desde su insignificante condición humana. Cuánto tiempo soñó con alcanzarla. Y que poco podía hacer. Qué lejos queda aquel día. Y cuánto tiempo ha pasado.

Qué cerca te encuentro. Como aquel que acaricia los jazmines en primavera. Cuánto tiempo pasaría acariciándolos. Y que poco tengo. Qué cerca queda aquel día. Y qué poco tiempo ha pasado. 


De Joel, para Ainhoa, con cierta ternura.




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